diterráneo y la costa magrebí. Por ella entraron las preciosas telas de Oriente, las yerbas y especias de la India, mientras de su cajón de salida partieron los aceites de oliva del Aljarafe, los cereales de la campiña y hasta los vinos elaborados en la lejana Córdoba.
La leyenda de la torre
De aquellos convulsos siglos en que los monarcas cristianos batallaban contra el último reino árabe establecido en Granada le viene a la torre del Oro una leyenda plagada de amoríos, infidelidades y traiciones. Cuentan que hubo un tiempo en que el monumento no fue despacho mercantil, sino un delicado serrallo para jóvenes y bellas amantes. Cuentan, además, que fue el Rey Pedro I el Cruel quien se sirvió de la torre del Oro para cobijar a las damas a las que cortejaba. Una leyenda nos relata que en aquellas luminosas dependencias vivía doña Aldonza, una joven de belleza irrefrenable y ojos penetrantes que recibía a la caída de la noche al monarca. Aseguran que el Rey no marchaba a palacio hasta bien entrado el amanecer. En sus estancias de los Reales Alcázares, situado junto a la Giralda y el popular barrio de Santa Cruz, aguardaba paciente doña María de Padilla, que era conocedora de las infidelidades de su esposo.
Hay quien llegó a escribir que muchas de aquellas mujeres procedían del reino nazarí de Granada. La amistad que Pedro I mantuvo con Muhammad V, el Rey de la Alhambra, estableció lazos que iban más allá de los acuerdos militares y económicos. Aseguran que ambos intercambiaron amantes como los que intercambian regalos, posesiones o los incautos destinos de sus súbditos.
La leyenda de la torre
De aquellos convulsos siglos en que los monarcas cristianos batallaban contra el último reino árabe establecido en Granada le viene a la torre del Oro una leyenda plagada de amoríos, infidelidades y traiciones. Cuentan que hubo un tiempo en que el monumento no fue despacho mercantil, sino un delicado serrallo para jóvenes y bellas amantes. Cuentan, además, que fue el Rey Pedro I el Cruel quien se sirvió de la torre del Oro para cobijar a las damas a las que cortejaba. Una leyenda nos relata que en aquellas luminosas dependencias vivía doña Aldonza, una joven de belleza irrefrenable y ojos penetrantes que recibía a la caída de la noche al monarca. Aseguran que el Rey no marchaba a palacio hasta bien entrado el amanecer. En sus estancias de los Reales Alcázares, situado junto a la Giralda y el popular barrio de Santa Cruz, aguardaba paciente doña María de Padilla, que era conocedora de las infidelidades de su esposo.
Hay quien llegó a escribir que muchas de aquellas mujeres procedían del reino nazarí de Granada. La amistad que Pedro I mantuvo con Muhammad V, el Rey de la Alhambra, estableció lazos que iban más allá de los acuerdos militares y económicos. Aseguran que ambos intercambiaron amantes como los que intercambian regalos, posesiones o los incautos destinos de sus súbditos.
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